Honestidad

Una sociedad de apariencias

Estaba en una conferencia internacional, rodeada de personas de distintas partes del mundo: China, India, Brasil, África, Ecuador, Estados Unidos y muchos otros lugares. Era una oportunidad extraordinaria para compartir culturas, visiones de vida y diferentes formas de entender el mundo.

Durante uno de los momentos de descanso de aquellos días, tuve la oportunidad de conocer a Dum, un hombre inglés con un español impecable. En una conversación tranquila me compartió parte de su experiencia de vida, una de esas charlas que sin darte cuenta te dejan pensando durante mucho tiempo.

Dum había vivido durante dos años en un país de América Latina. Estuvo profundamente inmerso en su cultura y, según él, la experiencia había sido muy buena. Sin embargo, también había notado una particularidad que le llamó poderosamente la atención: las personas no siempre eran transparentes entre sí.

Me contó que era común inventar excusas para quedar bien, hablar de más para aparentar importancia y omitir información relevante cuando esta podía generar incomodidad. Para muchos, ese comportamiento era completamente normal. Todos sabían que los demás siempre tenían una excusa perfecta para incumplir una cita, una reunión o incluso un compromiso económico.

Las relaciones interpersonales, en apariencia, eran buenas. Pero en el fondo existía una sensación compartida: la falta de confianza. Nadie creía del todo en nadie. Y cuando la confianza no existe, las relaciones se vuelven frágiles, superficiales y transaccionales.

Desde aquel día comencé a observar con más atención distintas situaciones de la vida cotidiana y confirmé que, en muchos casos, era cierto. No todos eran iguales, por supuesto, pero una gran mayoría parecía vivir con una excusa lista para justificar el incumplimiento o con la necesidad constante de hablar de más sobre lo que tienen, lo que han hecho o lo que supuestamente han logrado.

Desde pequeños, a muchos se les enseña a mentir o a omitir detalles. Se les inculca que decir la verdad no siempre conviene, porque podría afectarles. Poco a poco, la honestidad deja de ser un valor y se convierte en un riesgo.

En este tipo de sociedades, las personas son valoradas por lo que tienen, por su apellido, su nombre, sus contactos o por lo que pueden aportar materialmente. No se valora lo que son, sino lo que representan o lo que ofrecen.

También se transmite la idea de que es mejor relacionarse con “los de arriba”: quienes tienen mejor posición, más dinero o mayor poder. Se dice que “los de abajo” pesan, frenan, no dejan fluir las oportunidades. Por eso, según esa lógica, es mejor evitarlos.

Así se construye una sociedad de apariencias. Un lugar donde todos buscan ser “mejores”, no desde el crecimiento personal, sino desde las relaciones que puedan traer beneficios. Muchos terminan viviendo una vida basada en mentiras, donde acumular bienes materiales se vuelve una prioridad, mientras cultivarse como seres humanos queda en un segundo plano.

Quizás el verdadero progreso no esté en aparentar, sino en volver a valorar la honestidad, la coherencia y la autenticidad. Porque sin confianza, ninguna sociedad puede sostenerse en el tiempo.

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Un dia Conmigo

February 12, 2019